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Hace poco publicamos una explicación que la gente de Google se tomó la molestia en armar, sobre cómo funcionan algunos de sus servicios más populares.

Al verlo, nos quedó un amargo sabor al descubrir que omitieron explicar cómo funciona una herramienta tan utilizada como el mail, pero sí se dedicaron a hacer un videito sobre el Google Docs que no le importa ni a la vieja de Larry Page. Grande fue nuestra sorpresa, cuando al querer investigar cómo funciona el servicio de correo electrónico nos encontramos una y otra vez con evasivas, callejones sin salidas y más de una amenaza anónima que nos hizo temer por nuestra integridad.

Sepan, gigantes del monopolio del correo electrónico, que somos periodistas y nada nos va a hacer callar. Por si algo nos pasa, quedarán estas líneas como testigo de nuestro compromiso con nuestros lectores para desenmascarar uno de los servicios más atroces del mundo, que se oculta detrás de una cubierta de innovación tecnológica de última generación.
Hasta ahora, todos conocíamos los 2 extremos de esta cadena, nutrida de malévolos e ilegales eslabones: alguien en algún lugar del mundo hace click en “Escribir” o “Redactar” o “Correo nuevo“, completa la dirección en el “para“, se hace el chistoso con el asunto, completa algunas líneas de texto y hace click en “Enviar“.
Unos segundos después, del otro lado del mundo alguien recibe este correo, lo abre y tiene la opción de contestarlo, eliminarlo o marcarlo como Spam.
Cualquier usuario habitual del servicio se habrá encontrado alguna vez buscando analogías para explicarle a un abuelo o a un tío medio testarudo que es esto del “imeil” del que todo el mundo habla y seguramente no ahorró en ejemplos que involucren al cartero del barrío, al Correo Argentino o a OCA y habrá comentado que la dirección de mail es como la dirección postal y lo que viene después del @ es como si fuera la ciudad en la que uno vive. Todo muy lindo, todo muy ingenuo, todo muy boludo.

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