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Mi papá sabía que ya andaba con ganas, calculó que la edad era la adecuada y a pesar de los reclamos de mi vieja se encargó de hacerme debutar.
Me parecía raro que no hubiera algún tío a cargo de la organización, pero entendí que sería incómodo por demás porque eran grandes y no tan experimentados.
Faltaba poco para mi cumpleaños y solo escuchaba a mis viejos calculando cuánta guita estaba bien gastar y cuánta no, pero a mí no me decían nada.
Cuando quería tantear más o menos que me iban a regalar me decían que me quedara tranquilo porque seguro me iba a gustar.
Mi viejo no perdía oportunidad de guiñarme el ojo cada vez.
Mis compañeros del colegio ya habían pasado casi todos por ese momento único y me aconsejaban que me relajara, que me deje guiar y que con el tiempo iba a poder disfrutarlo. ¡Yo me salía de la vaina!
Un día que mi viejo volvió temprano del laburo, me avisó que íbamos a salir así que me tenía que abrigar y apurarme. Me sentía un perrito de esos a los que le agitan las llaves y salen corriendo a buscarse el collar para echarse una meadita por el barrio.
Mientras me ponía la campera y me peinaba, lo vi agarrar un poco de plata (Es sabido que en estas cuevas es todo cash).
Durante el camino hablamos poco, casi nada. Me acuerdo que tampoco estaba la radio, supuse que iba a ser un viaje corto aunque a mí se me hizo eterno.
Tal vez porque me estaba meando zarpado. ¡Qué vergüenza! Yendo a debutar y haciéndome encima….
…
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Me llamó y me pidió una manito para decidir qué celular le convenía comprarse y no le pude decir que no (hace unos brownies que son para morirse).

Siempre me pregunto si a los médicos también le pasa lo que le pasa a los técnicos de computación o los que saben mucho del tema, que sus familiares, sus conocidos o cualquiera que se entere a qué se dedican tiene la maldita costumbre de hacerle una “preguntita” en cualquier circunstancia.
Cuando te conectás al MSN te preguntan porqué no les imprime a color un documento de Word, un domingo a las 12 de la noche te llega un mensaje de texto que pregunta cómo bajarse una película de internet y un sábado a las 8.30 de la mañana suena el teléfono con una URGENCIA del tipo “a mi nene no le anda el botón de correr en el PES, ¿le tengo que bajar los drivers?“
¿Cómo puede ser que cualquier momento parezca ser el momento adecuado y que todas sean urgencias?.
Si me ves en un casamiento haciendo malabarismos para morfarme un canapé con peligroso exceso de mayonesa y no mancharme (mucho) la corbata, evitá caerme con preguntas como “el otro día no me andaba bien internet, ¿sabes que puede ser?“.
Al poco tiempo de que aparecieran los sitios de remates por internet, debuté un feriado lluvioso con una Palm III usada.
La publicación la ofrecía como “casi nueva“, que ahora ya sé que es solo una manera de decir. Como el famoso “joya nunca taxi“.
Concreté el encuentro con JUAN_CARLOS_75 y partí hacia un bar de Flores que nos quedaba incómodo a los 2 con un juego de pilas AAA, el teléfono del vendedor, el importe exacto (para evitar que se extienda la transacción) y mi celular a mano para llamar a mi hermano en el caso de que me encerraran en el baúl de un auto y me quisieran robar los $125 que sabían que cargaba.
Nos reconocimos sin necesidad de utilizar claveles rojos en la solapas de nuestros sacos: él era el que tenía una caja de Palm hecha pedazos; yo era el que tenía $125 en una mano, el celular en la otra, un paquete de pilas bajo el brazo y miraba para todos lados como si estuviera comprando 1 tonelada de heroína (no lo digo por la Mujer Maravilla)


